Necesito ayuda

Estas dos palabras encierran tantas cosas que iba a escribir “estas dos simples palabras” pero he cambiado de opinión.

 

Cierto es que el verbo “necesitar” lo utilizamos sin reparos, aplicándolo a casi cualquier contexto y situación, desde cosas tan nimias como “necesito unas vacaciones” a tan intensas como “te necesito”. “Ayuda” creo que nos cuesta más pronunciarla. “Necesito ayuda” nos cuesta la misma vida…


Y de eso justo trata esta entrada, de la incapacidad que tenemos para, primero, darnos cuenta de que necesitamos ayuda y, segundo, tener el coraje de pedirla.


Darnos cuenta de que necesitamos ayuda nos suele suceder cuando sobrepasamos nuestros límites, cuando la máquina perfecta que somos comienza a descomponerse, bien en lo físico, bien en lo psicológico, bien en lo emocional. Realmente, hasta que no nos rompemos, no nos damos cuenta de prácticamente nada.


Lo más grave es que hay muchas personas que están en ese punto, que están rompiendo o ya han roto todos sus límites, que se han dado cuenta de que necesitan ayuda y, aun así, son incapaces de pedirla. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué conseguimos con ello? Vayamos por partes.

 

Romper nuestros límites significa llevar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestros sentimientos y emociones hasta un punto, en el que no sabemos o no podemos recuperar la calma, la salud, la sensación de estar bien. Esto nos sucede, no de forma voluntaria, si no fundamentalmente porque no nos damos tiempo para recuperarnos, porque vivimos en una prisa constante y preferimos seguir hasta donde podamos, que invertir (que no perder) un minuto en observar lo que nos está pasando. También puede ser el caso de que veamos de refilón lo que sucede, pero prefiramos lo malo conocido antes de arriesgarnos a descubrir algo nuevo y mejor. O no.

 

El cuerpo, la mente, nos van dando pequeñas pistas de que algo no va bien pero preferimos ignorarlos, total ya lo hemos hecho antes y no ha pasado nada, ¿no? Hasta que un día sucede ese “algo” y tenemos que parar por narices. Un ataque de ansiedad, unas noches de insomnio, jaquecas ocasionales, irritabilidad desmedida ante situaciones cotidianas, etc. Reflejos somáticos que eliminamos con parches varios (un masaje, un cigarro, un porro, una copa...) parches que alivian el síntoma en el momento pero no llegan a su origen, que nos dan el respiro necesario para seguir adelante otro día más, otra semana más, otro año más…cada unx elige de su propio catálogo.

 

Funcionando así es probable que lleguemos a un punto de no retorno en el que ya no seamos capaces de seguir este ritmo frenético sin esa muleta que hemos aceptado sin ningún inconveniente. Cuando cuerpo o mente se rompen, ahí sí que prestamos atención, no nos queda más remedio. Ansiedad,  dificultades para dormir, alteraciones en la alimentación, en nuestra sexualidad, en la forma en la que nos relacionamos con las personas de nuestro entorno…Detalles que en su día fueron menudencias pero que han crecido hasta el punto de no permitirnos seguir con nuestra vida.

 

Aquí sí nos damos cuenta de que necesitamos ayuda. De que no podemos, no queremos seguir así por que literalmente, somos incapaces de hacerlo. Y comienza la segunda parte del proceso.

 

La parte en la que nos permitimos reconocer que no somos capaces de cambiar, en la que nos damos cuenta de que solxs no podemos, no sabemos, no tenemos herramientas. Necesitamos ayuda.

 

Cuesta reconocerlo, cuesta más dar el paso de pedirla. Porque en esta sociedad en la que vivimos, nos han enseñado que unx no se queja, que no llora, que no expresa sus emociones de forma pública, que tenemos que ser de hierro, que tenemos que poder con todo lo que nos echen, que las miserias de cada cual se esconden bajo la alfombra, porque si no lo hacemos así somos unxs débiles, unxs fracasadxs, unxs incapaces…

 

Lo  que no nos han enseñado es que no somos máquinas y que no siempre podemos repararnos solxs. Que el coche lo llevamos al mecánico pero con nosotrxs mismxs ¿qué hacemos? Pedir ayuda no solo es lícito si no necesario, positivo, liberador. Nos permite descubrir nuestras propias herramientas, nuestras debilidades y nuestras fortalezas, lo que realmente queremos y lo que no, las cosas que hemos evitado mirar y las que no hemos visto, la luz y la oscuridad que nos conforman.

 

Párate. Respira. Concédete un instante y hazte esta pregunta: ¿es mejor seguir luchando solx contra algo que desconoces o pedir a alguien que ponga una luz ahí dónde tú no eres capaz? No creas que es más valiente quien lucha solx, que quien tiene el coraje de reconocer que no puede hacerlo.

 

Así, date un minuto de reflexión y plantéate si necesitas ayuda. Si crees que sí, no dudes en pedirla. Si crees que no, sé feliz, que no cuesta tanto.

 

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