El pasado en el pasado

Uno de los aprendizajes más poderosos, más duros y más necesarios que hemos de hacer en algún momento de nuestra vida, no importa el cuándo, es dejar el pasado en el pasado.

 

Hace poco, releyendo un artículo que al respecto escribió el Doctor Wayne Dyer (autor de, entre otros “Mis zonas erróneas”), caí en la cuenta de que mucha gente se mantiene enganchada a su pasado sin saberlo, impidiéndose a sí mismx crecer, cambiar, aprender.

 

Hay varias preguntas que surgen cuando hablamos del pasado: ¿porqué me sigo aferrando a él? ¿qué tiene de malo recordar lo que pasó, lo que dejé, a quién me dejó?, si olvido mi pasado ¿qué me queda? Vayamos por partes.

 

Olvidar el pasado no es de lo que estoy hablando, de lo que hablo es de tenerlo constantemente en el presente, de rememorarlo a la primera oportunidad que se presenta, mantenerlo vivo en la memoria y en la realidad. ¿Cómo hacemos esto?

 

Muy simple, seguro que todxs conocemos a alguien (puede que se trate de nosotrxs mismxs) que está constantemente hablando de la enfermedad que padeció, de la ruptura que sufrió, de lo mal que lo pasó de niñx, de lo poco que le quisieron sus padres, y otras mil referencias al pasado similares. Pues bien, cada vez que una persona recupera aquella situación de sufrimiento, la trae de nuevo a su presente, genera de nuevo la energía del momento pasado, de forma que se instala en el presente e impide que el individuo en cuestión sea capaz de avanzar. El presente se bloquea, se ancla a un pasado que ya no tiene solución y toda la energía del momento se hace pesada, deja de fluir como si el tiempo se detuviera.

 

Puede suceder que hagamos esto de forma inconsciente, también puede ser que lo hagamos con total conciencia, pero lo que es seguro es que conseguimos al menos dos cosas:

  • llamamos la atención de aquellxs que nos están escuchando, toda su energía está puesta en nosotrxs

  • si nuestra historia es lo suficientemente “dramática”, además de atraer su energía, obtendremos su pena

De esta manera, estamos “alimentando” nuestro presente con energía de lástima, pena, compasión, captamos la atención de lxs otrxs a través de la lástima, de la tristeza, del drama. Y nos sentimos víctimas.

 

Pero unas víctimas curiosas, puesto que, cuando utilizamos estos argumentos para atraer a otrxs, un buen día caemos en la cuenta de que obtenemos poder sobre ellxs. Que, convirtiéndonos en víctimas, lxs demás hacen cosas por nosotrxs que, antes de conocer nuestro drama, quizás no hubieran hecho. Aquí es donde empieza el círculo vicioso de la víctima: cuando se da cuenta de que puede manipular a lxs demás con bastante facilidad. Cuando descubre que ser “un/a pobrecitx” le reporta más beneficios que cualquier otra cosa.

 

A niveles mucho más sutiles, lo que estamos haciendo es condenar nuestro presente, puesto que lo único que hacemos es rememorar el pasado, hacemos que nuestro presente genere nada más que dolor y sufrimiento, el mismo tipo de dolor y de sufrimiento que ya experimentamos, con lo que nos auto-convencemos de que lo único que merecemos despertar en los demás es lástima, que no merecemos nada mejor que aquello que ya conocemos y que nos aporta tanto poder y tan poca satisfacción. Permanecer en este estado de sufrimiento constante (ojo: sufrimiento no real sino recordado) nos impide avanzar hacia nuestros verdaderos objetivos, quedando éstos (los que fueran) relegados al olvido.

 

Parafraseando a W. Dyer puedes llegar al punto en el que “Tu biografía se convierte en tu biología, tu biología se convierte en tu ausencia de realización”. Esta frase se refiere al hecho de que tus pensamientos crean tu realidad, luego, si estás constantemente relatando la cantidad de enfermedades que padeces, el número total de huesos que te has roto, etc, lo que tus pensamientos le están diciendo a tu cuerpo es que tal víscera está enferma, tal hueso está roto, con lo que tú mismx estás impidiendo tu curación.

 

Si tu drama no es de tipo físico sino psicológico, si se trata de una pérdida (de cualquier tipo, ya sea de un ser querido, una ruptura dramática, un despido...) que no has sido capaz de superar, el daño es el mismo aunque a niveles mucho más sutiles: en estos casos, lo que te estás diciendo a ti mismx pueden ser sentencias condenatorias del tipo: nadie me va a querer, para qué esforzarme si va a seguir doliendo, no merece la pena amar si luego se mueren, siempre me van a despedir porque no sirvo para nada, voy a ser incapaz de..., no merezco...

 

“Tenemos que ser muy cuidadosos para evitar explicar nuestra vida actual en términos de una historia traumática anterior. Los acontecimientos dolorosos de nuestras vidas son como una balsa que se utiliza para cruzar el río. Debes recordar bajarte una vez que hayas llegado a la otra orilla. Observa tu cuerpo cuando has sufrido una herida. Una herida abierta se cierra en realidad con bastante rapidez. Imagina cómo serían las cosas si esa herida permaneciera abierta durante mucho tiempo. Se infectaría y, en último término, acabaría por matar a todo el organismo. El cerrar una herida y permitir que cure puede actuar del mismo modo en los pensamientos de tu mundo interior.”*

 

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no es lícito llorar, experimentar el dolor o el sufrimiento. Muy al contrario, de lo que nos habla es de dedicarle tiempo a nuestras heridas, de observarlas, de curarlas en la medida de nuestras posibilidades, de pedir ayuda si no somos capaces de alcanzar la curación completa o si creemos que nos faltas cosas por soltar. Pero, sobre todo, de lo que nos habla es justo de eso, de soltar, de permitir que el paso del tiempo haga su trabajo y cicatrice nuestros dolores, nuestras pérdidas, nuestro sufrir. De otra forma, cada vez que abramos la puerta a ese antiguo dolor sin haberlo sanado, recuperaremos esa realidad, la amargura del momento, la ira, el sufrimiento, rellenando esa herida aún sin cerrar con más putrefacción, impidiendo que cure.

 

Hablo de heridas físicas, psicológicas, espirituales, cualquier herida, hablo de la imposibilidad de avanzar con una rodilla rota, con el corazón roto, con la mente alterada. Hablo de no permitir que mi pasado intoxique mi presente y destruya mi futuro. Hablo de no sentirme dignx de ser amadx porque alguien me dejó, hablo de no poder caminar porque tuve un accidente, hablo de encerrarme en mi propia burbuja de desdicha y de no permitirme ser feliz. Hablo de atraer a mi vida justo lo que creo que merezco. Hablo de la necesidad de sanar desde dentro, de limpiar las heridas y dejar de rellenarlas con más de lo mismo.

 

Dolor. Sufrimiento. Pena.

 

Cuando llegas a este punto de reconocimiento. Cuando, por fin, te das cuenta de que quieres romper este ciclo, de que quieres dejar de sufrir, surge una pregunta (LA pregunta) ¿cómo?

 

Muy difícil. Y simple a la vez: aceptando Y perdonando.

 

Aceptando aquello que pasó, mi responsabilidad, lo que hice y lo que permití que me hicieran, el daño que me infligieron y que infligí, la lástima que me tuve y la que pedí.

 

Perdonando a aquellxs que me lastimaron, a lxs que no me ayudaron, a quienes alimentaron mi drama, pero sobre todo, perdonándome a mí, por haber permitido que otros me hicieran daño, por haberme equivocado, por los errores que cometí, por el daño que me hice y que hice a otrxs, por cualquier otra cosa que considere necesaria.

 

PERDÓN.

 

Perdón desde el amor más profundo, el que siento por mi mismx y que extiendo a lxs demás. Amor sanador, árnica curativa que desciende sobre mi alma, mi cuerpo y mi cabeza.

 

PERDÓN.

 

En el momento que consigues perdonarte, el siguiente paso es aprender a renunciar a la culpa (ya reconociste tu responsabilidad, aceptaste tus errores, no vuelvas ahí de nuevo), a la auto-compasión (pobre de mi, si no soy capaz...) y a no mantener presente tu pasado.

 

“El auténtico perdón significa perdonar íntimamente sin esperar que nadie lo comprenda. Significa dejar atrás la actitud del ojo por ojo que sólo causa más dolor y la necesidad de más venganza, sustituyéndola por una actitud de amor y perdón.”*

 

Si eres capaz de mantenerte “limpix”, descubriras que muchas cosas en tu entorno comienzan a cambiar, cuando la energía que generas deja de ser negativa, lo que atraes deja de serlo también.

 

Ahora bien, no destierres de tu vida lo aprendido en el pasado, todo el bagaje que has acumulado, lo que sabes que ya no quieres repetir, lo que sabes que no quieres atraer, lo que sabes que mereces y deseas. No cometas el error de “enterrar” en la memoria (de lo que no se habla, no existe) los daños, el sufrir. Que aquello que pasó no desaparezca, que haya servido de algo.

 

Aprende para no repetir.

 

Y, poco a poco, permítete ser feliz, ya verás que no es tan difícil.

 

* Los párrafos en cursiva pertenecen a Wayne Dyer.

 

 

 

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