Lo que la ira nos trae


Estamos acostumbradxs a enfadarnos, a ver a nuestros familiares, amigxs, pareja, enfadadxs, a que nuestros compañerxs de trabajo se enfaden con nosotrxs, a que nuestros superiores lo hagan. Conocemos la sensación, la emoción, la hemos experimentado en muchas ocasiones. Y sabemos que nos deja un gusto amargo en la boca y en el alma, que cuando nos enfadamos, solemos explotar, lanzar nuestra ira a la cara de quien tenemos enfrente.


Algunxs quizás aprovechen ese conocimiento de la ira y la utilicen para amedrentar, manipular, para conseguir cosas que de otra forma no sabrían conseguir.

Lo que no tenemos tan claro es que quien más sufre nuestra ira somos nosotrxs mismxs. Incluso nos enfadamos (irónicamente) cuando alguien intenta hacernos ver que la ira no es una buena amiga, que no es una emoción sana, ni para nosotrxs ni para nadie. De hecho, la "excusa" más utilizada (según mi experiencia como terapeuta al menos) es que lo que no es sano es quedarse las cosas dentro. 

El razonamiento es correcto: mejor fuera que dentro, que decía mi abuelo, pero a lo que hemos de atender es a cómo gestionamos ese "fuera". Vomitar aquello que nos molesta o nos enfada, gritar o utilizar palabras hirientes no son desde luego formas sanas de expresar nuestra ira.

Cuando empezamos a notar el "calentón" previo a un arranque de ira (temperatura corporal en aumento, sudoración, palpitaciones; "curiosamente" los mismos síntomas que en un ataque de angustia) lo mejor es poner distancia, física y mental: apartarse y contar hasta 10, respirar profundamente, caminar, son algunos de los trucos que permiten que nuestro cuerpo y nuestra mente relajen el tono.

 

Cuando conseguimos mantener la calma, si prestamos atención, sentiremos que la ira (la bestia parda en que podemos convertirnos) se ha esfumado, debilitado al menos. Ahora sí podemos expresar de forma sana aquello que nos molesta, lo que ha hecho que nos pusiéramos como locomotoras. Desde este estado más tranquilo es desde donde podemos hablar, intentar encontrar soluciones, hacer ver a la otra parte lo que sentimos.

Aprender a gestionar la ira no significa que en las situaciones prácticas no nos expresemos ni digamos nada, ni que seamos conformistas o resignadxs. Lo que sucede es que conocemos nuestros límites y, en vez de reaccionar desde la ira, intentamos expresarnos desde la calma, podemos entender las razones de la otra parte, somos capaces de establecer un diálogo mucho más productivo que una sesión de gritos con final de portazo.

Ser capaces de relajar nuestra ira nos capacita para construir relaciones mucho más sanas, más reales, donde lo que sucede se cuenta, no se oculta, donde la confianza es la base, donde lo que se comparte nos ayuda a crecer. Y esto es aplicable a todo tipo de situaciones, a todo tipo de relaciones, a cualquier momento.

 

Y, como siempre, si no sabes cómo hacerlo o no te ves capaz, estoy para ayudarte. Entretanto, sé feliz que no cuesta tanto.

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August 21, 2016

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